Hacía dos o tres melancolías, o tres o cuatro sinsabores, que la cerveza no me sabía cerveza. Las cosas tienden a saber a lo que son, si se muerden en el momento oportuno. La música no es ajena a este principio. Nada es más subjetivo que el impacto de una canción en el corazón. Nada es más subjetivo que un abrazo. Anoche me subí al último tren de la nostalgia más presente, y llegué a tiempo de no perder el equipaje, como sucede habitualmente. Anoche escuché la banda sonora de los recuerdos sin conceder ni un metro de espacio a la tristeza. Los recuerdos crecen, canción a canción, cuando son buenos.
Tampoco hacía tanto tiempo. No por nada, sino porque a nadie le habría dado la gana hasta ahora. Ellos tenían que subirse de nuevo a un escenario y muchos de nosotros queríamos volver a verlos toreando una madrugada de rock. Tampoco se trata de hacer de esto un acontecimiento. La vida suele ser algo más cercano y menos relevante que un acontecimiento, que es un palabra que encierra en sí misma la soberbia de la grandeza más injustificada. El caso es que se volvieron a subir y que nosotros estábamos frente al escenario de nuevo. Risas, guitarras, y acción.
Diría que rescataron las mismas perlas de la playa desierta de los 80, si no fuera por que los 80 dejaron de ser sinónimo de playa desierta hace aproximadamente veinte años. Pero había perlas y había playa y eso es suficiente para recordarlo con énfasis. Volvimos a escuchar singles que habíamos olvidado ya, con ese sonido, tan agrio como certero, que vierten los bares pequeños. Ese bloque compacto de música en directo que te cautiva, te envuelve y te convierte en ser subjetivo. Esos locales que nunca planearon con ofrecer conciertos y que, una noche cualquiera, por el empeño de un corazón decidido y por el brillo de unos ojos rebosantes de entusiasmo, se convirtieron en un escenario de lujo. Desconozco si era el caso de anoche, pero da igual. La magia había prendido de nuevo, y lo demás son elucubraciones.
Sonaron Nacha Pop, Los Secretos y Loquillo. O tal vez sonaron La Unión, Siniestro Total y Los Limones. No lo recuerdo con exactitud pero no importa. Eran las versiones de un grupo que vi nacer entre la ilusión de subirse al escenario y el incansable goteo de la amistad, y que no tiene ya nada que justificar a estas alturas. Si bien no le queda otra que comprender que nos volvemos un poco huérfanos si pasa el tiempo y no suenan en algún rincón de la ciudad. No es una frase oportuna, ni vacía. Es una declaración.
No lo he escrito hasta ahora, pero ellos son Vete Acostumbrando y ayer me emocionaron de nuevo. Me trasladaron. Ayer el Retro, al que ya le he cogido cariño por esa música tan precisa, tan mágica, se vistió de noche de rock, para recibir una cita de amantes del pop español de corazón, sin cronologías y sin cuotas. Gente de calle capaz de percibir imágenes tan inabarcables con cada canción, que harían volverse locos a sus autores si pudieran alguna vez llegar a entenderlas. Las imágenes, no las canciones.
Gracias, en fin, a Vete Acostumbrando por volver a poner en marcha su propia historia, tan entrelazada con la nuestra, y por compartirlo una noche más. Gracias por traer al presente de nuevo todo aquello. Todo aquello de hace treinte años, sí, pero también de hace cinco o seis, cuando peleábamos por divertirnos bajo los mismos focos de colores, en cualquier escenario dispuesto a soportar el peso de nuestras ilusiones. Al fin y al cabo, seguramente ayer fuimos pocos los que valoramos el tiempo transcurrido. Yo creo que el resto ni se enteraron.
Gracias y buena suerte. Y muchos más.